
Un atardecer de un caluroso día de verano, el cielo estaba limpio y reluciente, de un azul intenso, un aire calido acaparador sofocante, se hacía notar sobre nuestra piel, un sol que todavía calentaba, caía como plomo sobre el frondoso valle, las cigalas cantaban, pronosticaban más calor, tenias la sensación que el aire estaba colmado de fuego, incluso las gallinas, gatos y perros, su andar era pausado y gandul todos se tumbaban a cada paso, era como si su cuerpo les pesara mas de la cuenta.
Yo, iba con la Monse, una buena amiga, es dulce, bonita y transparente, me encuentro bien con su compañía, me da paz y placidez. Ella conoce muy bien aquellos entornos de Santa Eulalia de Ronsana, hace años que tiene una casa, en la cual paso algunos días para huir de la caótica ciudad. Aquel día salimos paseando hasta llegar a Can Feu, una grandiosa casa parecida a un cortijo, con mucho terreno, campos, bosques exuberantes camínales saturados de gigantes árboles, castañeros, nogales, encinas, pinos, pinos y también algún acogedor abeto abriendo sus brazos como queriendo acoger a todos, un riachuelo que corre liguero cruzando un frondoso bosque con sus cristalinas aguas que bajan alegremente haciendo recoveco como i fuera una gigante serpiente, escuchar la melodía celestial del agua saltarina torrentera abajo, unos pájaros que cantan , otros que corren y vuelan de una banca a otra buscando su lugar para descansar en la noche que se avecina. Daba gozo pasear por aquellos contornos tan verdes y llenos de vegetación, con sus árboles levantando el cuello hacia el cielo azul, percibir el aroma del bosque, de la hierba y el romero, el murmullo del agua, el canto de los pájaros, era talmente como si nos hubiéremos desplazado a otro mundo. A un paraíso de hadas, príncipes, princesas y querubines. Allá todo parecía irreal.!
La dueña de Can Feu, es muy habladora, nunca se cansa de explicarte cosas, su compañero también es muy amable, Le dije, me gusta mucho todo esto, “me contestó, a mi también “su mirar era alegre y transparente, se intuya que era una pareja feliz, entremedio de tanta naturaleza, dando la impresión que vivían en ambiente que ellos querían y se sentían a gusto.
A las nueve de la noche, llego una gran ramada de corderos, era lo que nosotras esperábamos, eran una trescientas y un perro que las hacia llegar casi en fila, levantándose una gran polvoraza. Yo me imaginé estar viviendo un capitulo de una novela. La Monse y yo, nos acercamos un poco más para poder gozar del espectáculo. El pastor es un hombre joven, se le veía satisfecho de hacer aquel trabajo, sin prisas, abrió las puertas del corral, los corderos y las ovejas se precipitaban corriendo y saltando, mientras abrió otra puerta. ¡ Que maravilla ¡ a tropel salieron una infinidad de coderitos menudos, tiernos como un infante, mientras organizaban un gran alboroto de alegría de fiesta mayor, corrían ligeras como el viento, cada una fue a buscar a su madre, ni una se confundió, cada oveja se engancho en la mama chillando y saltando. Fue muy emotivo y conmovedor, al contemplar tanta ternura y alegría entre aquellos animales, en que todos esperaban con ansias el reencuentro de madres e hijos.
No pude dejar de pensar que era una lástima, que muchos jóvenes están desencantados, no tienen ilusión casi para nada, no saben aprovechar y valorar la grandeza y la inmensa ternura que tiene la naturaleza y entre los animales que a veces hay mas amor que entre los seres humanos. Pero dicen, que no hay más sordo que aquel que no quiere oír. Que pena que a veces seamos tan indiferentes.
Más cada cual es como es, y así tenemos que aceptarlo. Alce los ojos al cielo, el sol se escondía detrás de las montañas, dejando un crepúsculo casi oscuro, las primeras estrella relucían bajo el firmamento y la luna detrás de un árbol parecía que sonreía. Y yo también.
Unos días muy felices en Santa Eulalia de Ronçana.
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