domingo, 30 de abril de 2017

LLAVIA


 

 

 

 

                L L U V I A

 

No caerá nuestro llanto

Sobre la arena estéril del desierto,

Ni el clamor de nuestro gemido

Se perderá ya mas entre las tinieblas.

Dios del Universo, tú que has abierto

Sobre el dolor, las dulces puertas de la

Esperanza. Enséñanos, para que nuestros

Pasos, sepan seguir nuestro camino, con

Confianza.

Hemos estado solos, perdidos entre los otros,

Habitando en los tristes arenales del yerno sombrío,

Hemos derramado inútilmente, nuestras lágrimas.

Dios del Universo, haz que veamos en el dolor,

Una alegría sin muerte, sin ocaso, que las lágrimas,

Como fértil lluvia nos hagan brotar la vida y la

ESPERANZA....

 

Merce Cardona

sábado, 1 de abril de 2017


                                VIAJE A TRAVES DEL INVIERNO

 

 

Subí al tren que el destino me había preparado. Me senté junto a la ventanilla. La máquina se deslizaba a través de paisajes variopintos. Yo miraba absorta. Con el dulce vaivén mis ojos se cerraron. Por la mente cruzaron cantidad de sueños impensables, unos dulces y tranquilos, otros inquietantes y oscuros. Un brusco frenazo me despertó, la máquina se había detenido. Abrí los ojos, en mi despertar soñoliento descubrí ante mí a un anciano, su cabeza y su barba eran de una blancura inmaculada, su rostro estaba surcado de interminables senderos. Sus ojos cansados eran como un libro viejo. Se cubría con un grueso abrigo de color terroso. El hizo un gesto, me levante, baje del tren y le seguí.

 

Caminamos por senderos dulces y apacibles, pasamos por entre montañas nevadas y por campos helados y secos. Su andar era sosegado, sus palabras sencillas y reposadas, la sencillez que se aprende con el paso del tiempo, pero capaces de aplacar el desasosiego de un adolescente o acallar el llantote de   un niño.

 

Sus sienes nevadas parecían almacenar toda la sabiduría. A veces se paraba, inmóvil como el agua en un lago helado, pero a pesar de ese aspecto inquietante, bajo su abrigo terroso algo seguía latiendo. Al final del trayecto su abrigo se cubrió de una fina capa verde y sus brazos secos, quedaron envueltos por suaves algodones blancos y olorosos.

 

 

Mercé Cardona