VIAJE A TRAVES
DEL INVIERNO
Subí al tren que el destino me había preparado. Me senté junto a la
ventanilla. La máquina se deslizaba a través de paisajes variopintos. Yo miraba
absorta. Con el dulce vaivén mis ojos se cerraron. Por la mente cruzaron cantidad
de sueños impensables, unos dulces y tranquilos, otros inquietantes y oscuros.
Un brusco frenazo me despertó, la máquina se había detenido. Abrí los ojos, en
mi despertar soñoliento descubrí ante mí a un anciano, su cabeza y su barba eran
de una blancura inmaculada, su rostro estaba surcado de interminables senderos.
Sus ojos cansados eran como un libro viejo. Se cubría con un grueso abrigo de
color terroso. El hizo un gesto, me levante, baje del tren y le seguí.
Caminamos por senderos dulces y apacibles, pasamos por entre montañas
nevadas y por campos helados y secos. Su andar era sosegado, sus palabras
sencillas y reposadas, la sencillez que se aprende con el paso del tiempo, pero
capaces de aplacar el desasosiego de un adolescente o acallar el llantote
de un niño.
Sus sienes nevadas parecían almacenar toda la sabiduría. A veces se
paraba, inmóvil como el agua en un lago helado, pero a pesar de ese aspecto
inquietante, bajo su abrigo terroso algo seguía latiendo. Al final del trayecto
su abrigo se cubrió de una fina capa verde y sus brazos secos, quedaron
envueltos por suaves algodones blancos y olorosos.
Mercé Cardona






