sábado, 27 de abril de 2013

TEMPESTADES






¡Que invierno tan largo! Nunca había deseado tanto que terminara, si, había planeado salir con un grupo, deseaba y necesitaba el contacto con la naturaleza.



Nació un día esplendido. Decidida subí al coche, más a lo lejos empezaron a salir unos negros noburrones, un viento como por arte de magia los arrastró. El cielo parecía estallar. La luz de un relámpago atravesó las nubes oscuras, y mientras el trueno anunciaba las heridas del cielo, el lloró, el agua se volcó en cataratas desde lo alto, como si una mano poderosa e invencible hubiera soltado las compuertas de una gran presa. La lluvia caía sobre la tierra semejante a una plateada cortina de agua, a modo de un oleaje que ocultaba la visión de todo. Los relámpagos lucieron su luz en forma de culebra cada segundo, los truenos rugían inmediatos, dando fe de que el temporal estaba encima de mí…



El agua corría entre los bordes de la carretera y daba la sensación de un riachuelo enfurecido y sucio. Detuve el coche. Los truenos, la furia del temporal ahogaban cualquier otro sonido. Casi tuve miedo. Me arrepentí de mi imprudencia. Daba la sensación de que estaba anocheciendo, las formas oscuras de los árboles empezaron a dibujar sus sombras, las gotas de la lluvia se dibujaban en las ramas como diamantes. Mientras los truenos iban alejándose, los rayos y los relámpagos se hundían en el horizonte, iluminado las lejanas cordilleras.



El cielo después de unas horas se limpió; pero el sol se había fundido detrás de las montañas, el día declinaba. La fatigada luz se cerraba en el cielo y la línea de las montañas empezaba a confundirse con las primeras sombras de la noche y como un milagro, lucieron las estrellas y la luna llena sonreía bajo el firmamento. Yo atónica después de tanta agua truenos y relámpagos también sonreí….





Merce Cardona

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